La entrevista del mes: Manuel Álvarez, Director de proyectos de Ambar.
- ¿Recuerdas cómo fue tu primer día en Ambar y tus primeras impresiones de la empresa?
Lo recuerdo perfectamente. Fue el 15 de julio de 1997. Estaba estudiando FP2 en Electrónica y me subí al tren en Puente San Miguel con los nervios lógicos de quien empieza su primer trabajo.
La oficina me impactó por lo austera que era. Era un espacio pequeño y con muy poca luz; de hecho, en la planta de arriba el techo era tan bajo que tenías que moverte casi agachado. Nuestra primera base operativa no parecía una oficina técnica convencional, sino un centro de operaciones volcado totalmente en el trabajo. No sobraba nada.
Pablo Gómez, el director ejecutivo de la empresa, no perdió el tiempo y me asignó mi primera misión: “Tienes 2 meses y medio para localizar cada toma y enlace en Valdecilla y en la Residencia Cantabria para dibujarlo luego en CAD”. No hablábamos de unos cientos de tomas, sino unas cuantas miles”. Aquel inicio fue clave porque no empecé en un despacho, sino a pie de obra.
Mapear el «sistema nervioso» de un hospital me enseñó, desde el primer día, la importancia de nuestro trabajo en infraestructuras críticas y la exigencia de ser útil desde el minuto uno. Además fui muy consciente desde el principio de cómo esa infraestructura de cables ayudaba a un hospital y a sus servicios en su día a día.

- ¿Cómo terminaste trabajando aquí?
Acabé Electrónica en el Instituto Zapatón y lo que quería era dejar los libros y aprender un oficio de verdad. Mi madre se enteró por una conocida de que se montaba una empresa de teleco en Santander y me avisó.
No lo pude dudar, mandé el currículum porque yo buscaba un sitio donde mancharme las manos y aprender sobre el terreno. Tuve la suerte de entrar en una empresa que siempre ha valorado a la gente con ganas de trabajar y, sobre todo, de enseñar a los demás.
- ¿Cómo era el equipo en los primeros años y cómo estabais organizados?
Éramos pocos e íbamos todos a una. Por aquel entonces la información fluía sin tanto lío de procesos ni reuniones que hoy, a veces, te frenan. Estábamos muy unidos. Los veteranos te enseñaban todo y los chavales teníamos un hambre de aprender increíble.
No había jefes y empleados como tales, éramos una unidad operativa que funcionaba rápido. Si había un problema, daba igual quién fueras, se arreglaba y punto. Me acuerdo que hace 25 años, con un cliente importante, soltamos los bolis, nos pusimos el mono y bajamos todos a tirar cable. Ese espíritu de arrimar el hombro es lo que nos hizo diferentes.
- ¿Cuál dirías que ha sido el mayor cambio en la empresa desde sus inicios hasta ahora?
Sin duda, pasar de ser algo casi «artesanal» a ser puramente estratégicos. Al principio íbamos a ejecutar, hoy diseñamos soluciones complejas que son críticas para que la sociedad y el país funcionen: hospitales, industrias, aeropuertos, puertos marítimos, operadores de energía, agua, telecomunicaciones, ….
El mercado ahora vuela y te exige mejorar cada día. Ya no vale solo con saber la técnica de campo. Ahora el valor está en saber qué va a necesitar el cliente mañana.
Hemos crecido mucho, somos un referente, pero lo que más me gusta es que, en el fondo, seguimos manteniendo el mismo rigor y compromiso que cuando empezamos.
- ¿Hubo algún proyecto o logro en los primeros años que recuerdes con especial orgullo?
Sin duda, mi primera misión: el verano del 97 mapeando Valdecilla y la Residencia Cantabria. Sobre el papel era dibujo técnico, pero para mí fue un máster acelerado. Pasaba las mañanas analizando cada pasillo para localizar con exactitud cada toma y enlace. Representar ese «sistema nervioso» fue la prueba de fuego que me confirmó que estaba en el lugar adecuado para afrontar retos de gran envergadura.
Con los años han llegado premios y reconocimientos, pero el mayor logro para mí no es el galardón. Lo que realmente me llena es comprobar que los diseños que hacemos hoy permiten que un hospital, una fábrica o una red de energía funcionen con máxima eficiencia. Saber que nuestro trabajo mejora sectores esenciales es lo que da sentido a toda mi trayectoria.
- ¿Y algún cliente?
Más que un nombre, me quedo con la confianza que nos tienen en Sanidad, Energía o Industria. Yo no distingo entre clientes grandes o pequeños, he visto de todo, pymes que ahora son gigantes y grandes que han sufrido.
Yo lo tengo claro. No vendemos cajas, diseñamos soluciones para que el cliente trabaje mejor. Si le arreglas el problema con precisión, el cliente gana y nosotros también.
Para mí, el éxito es que te llamen a ti cuando tienen un lío gordo porque saben que vas a responder.
- Cuéntanos en qué consiste tu trabajo como director de Ingeniería de Preventa en la actualidad.
Básicamente, mi trabajo es que los proyectos nazcan bien, con una base técnica sólida. No hago números sobre el papel; diseño cosas que funcionen de verdad en el mundo real. Me apoyo en mis 30 años de experiencia, desde tirar cable en un hospital a negociar fuera, para ver los riesgos antes de que aparezcan.
En Preventa unimos lo que el cliente necesita con lo que la ingeniería puede dar. Trato de que el equipo comparta lo que sabe y que el cliente esté tranquilo porque sabe que, si lo firma Ambar, el proyecto va con todo el rigor del mundo. No siempre es fácil, pero siempre damos la cara, sobre todo cuando las cosas se ponen difíciles.
- ¿Cómo ha evolucionado tu rol en Ambar a lo largo del tiempo?
Ha sido un crecimiento muy natural, de aprender pisando el suelo. Empecé dibujando en CAD y de ahí pasé al almacén, donde me salió esa «obsesión» por el detalle. Si una bolsa de 100 conectores traía 97, para mí era un fallo grave porque el proyecto ya empezaba cojo. Luego en Compras, cuando importamos pantallas de Taiwán y se hablaba de piedras en las cajas, contraté gente allí para que las revisaran antes de cargarlas. Aprendí que, por muy lejos que estés, el control no se puede perder.
A la experiencia profesional hay que sumar la formación constante. Mientras trabajaba en Ambar comencé y finalice mis estudios en ingeniería de telecomunicaciones, lo que resulto un esfuerzo considerable, no solo para mí, pero que mereció la pena.
He hecho de todo y eso me sirve hoy para que el cliente no meta la pata donde yo ya la metí antes. Todo esto gracias a que en Ambar la gente enseña sin guardarse nada por envidia. Si uno sabe, sabemos todos.
- ¿Cómo manejas la coordinación entre las distintas áreas y empresas del grupo?
Intento ser ágil y pasar de la burocracia. No creo en los hilos de correos eternos que no llevan a nada. Hablo directo y con objetivos claros. Como he pasado por todos los puestos, hablo el mismo idioma que cualquier compañero. No mando desde un despacho, intento entender los procesos de verdad.
Intento que la gente que suma esté motivada, entusiasmada y que todos tengamos claro que el objetivo es que al cliente le vaya bien. Si hay un problema gordo, no mando un mail, bajo yo mismo y me pongo con el equipo a darle vueltas hasta que lo sacamos adelante.
- ¿Cuál dirías que ha sido la clave para que Ambar logre crecer y consolidarse como un grupo de empresas especializadas?
No hay trucos. Es rigor y currar mucho. Nos metemos donde otros no quieren, en sitios críticos donde las cosas tienen que salir perfectas sí o sí.
En Ambar, la precisión es lo que nos hace ganarnos la confianza del cliente. Hemos fallado a veces, claro, pero nunca nos hemos escondido. Hemos dado la cara y lo hemos arreglado. Esa lealtad es lo que hace que un cliente se quede contigo años. Y la competencia no me asusta, al revés, nos hace espabilar y ser mejores.
- No hay duda de que Ambar ha sabido adaptarse a la evolución tecnológica. ¿Cómo valoras la filosofía innovadora del grupo y cómo ha evolucionado hasta hoy?
Innovar para nosotros es una responsabilidad. En el 97 era hacer un plano perfecto de un hospital. Hoy es lo mismo, pero con más tecnología. No queremos ser «modernos» por la cara, queremos que el hospital no se pare. Si algo no le sirve de verdad al cliente, no nos interesa.
Me ha tocado ver de todo, desde lo analógico hasta la IA actual, y tengo claro que si te paras, te quedas fuera. Mi trabajo es que la gente no pierda esas ganas de aprender y de meterse en proyectos difíciles que otros no quieren.
- ¿Qué le dirías al Manuel que hace casi 30 años comenzó a trabajar en Ambar?
Le diría que se prepare, que esto va a ser intenso pero que va a valer la pena. Sobre todo, que esto va de personas, no solo de máquinas. Le daría tres consejos:
- Que no pierda la curiosidad por mucho que suba el cargo.
- Que no se hunda con los errores, sino que los solucione y aprenda rápido.
- Que se junte con gente que aporte y se aparte de los negativos.
Por eso me hace ilusión un proyecto que estoy creando de escribir un libro que voy a intentar sacar este año. Voy a contar cómo puedo ayudar a otros en el día a día después de tanto tiempo «en el barro».
- Tras 30 años de historia y en plena revolución tecnológica, ¿cuál crees que es el mayor desafío y la mayor oportunidad para Ambar en los próximos años?
Tras 30 años, veo que el reto es no olvidar que la tecnología es para las personas. Nuestro trabajo ayuda a que un hospital funcione: que en una emergencia el sistema de evacuación funcione, que una radiográfica llegue lo más rápido posible al médico, etc…
Mi responsabilidad es que no repitamos errores y que sigamos siendo rigurosos, aunque todo vaya muy rápido. La oportunidad es seguir siendo el apoyo de nuestros clientes para que ellos crezcan y la sociedad también.
Para eso yo creo un equipo humilde para aprender y generoso para enseñar. Mi motivación es esa, saber que lo que hacemos sirve.
No me gustaría despedirme sin agradecer a mi familia que me permite dedicarle tanto tiempo a esto, a Pablo Gómez por darme esta oportunidad y enseñarme tantas cosas, a mis compañeros y hasta a la competencia, que me han hecho ser quien soy.
Como siempre digo: mi mejor proyecto no es el que finalicé ayer, es el que vamos a empezar mañana.


